02 de junio de 2014

Viaje a Roma

Por Carlos Domosti Penas, estudiante de 3ºC de ESO del IES Fuente Fresnedo de Laredo.

Un medio de transporte, una maleta o mochila, un mapa, un paisaje, un desconocido amable… con estas premisas los estudiantes del IES Fuente Fresnedo crearon una historia y participaron en un concurso organizado por la Biblioteca del centro.

Ya era la hora. El taxi esperaba en el portal. Repasé mentalmente mi equipaje: tres bañadores, seis calzoncillos, tres pares de calcetines, dos vaqueros,  siete camisetas (soy un poco cochino), el neceser… ¿he metido el neceser?
- ¡Oh, no! Se me olvida el neceser…
De nuevo posé la maleta encima de la cama y tras abrir la cremallera metí el dichoso neceser, hecho lo cual me abalancé hacia las escaleras ya que el taxímetro corría. Nada más meterme en la parte de atrás del coche, una bombilla se encendió en mi cabeza.
- ¡PARE! – grité despavorido-  ¡Los billetes, se me olvidan los billetes!
Subí de nuevo los cuatro pisos que me separaban de mi maravilloso y organizado viaje y tras cogerlos me volví a abalanzar sobre las escaleras.
Cuando me senté de nuevo en la parte de atrás del taxi me percaté de que Juan, mi compañero de viaje, ya había llegado.
- Tío, – me dijo medio cabreado,- tardabas tanto que creía que te habías dormido.
Medio enfadados, llegamos al aeropuerto donde enseguida pudimos embarcar en el avión y todavía más rápido despegó y nos llevó a nuestro destino, Roma. Habíamos estado preparando aquel viaje durante muchos meses. Queríamos ver muchas cosas, pero sobre todo italianas y ferraris, mi pasión desde pequeño.
Tras dejar las maletas en el hotel, nos metimos en el caos circulatorio de Roma. Miraras donde miraras solo había maravillosos monumentos e increíbles construcciones. El Coliseo se alzaba majestuoso en el centro de la ciudad y muchos turistas hacían cola para acceder a él. En las puertas, había gente vestida de soldado romano que cobraban por hacerse fotos con los turistas. Alrededor del monumento había coches que circulaban sin ningún tipo de precaución y que hacían sonar sus claxons, lo que convertía el momento en algo alucinante y caótico.
El cielo azul hacía que los arcos del Coliseo tuvieran su propia luz y los rayos de sol reflejaban en la fachada distintos tonos en las piedras.
Durante todo el día estuvimos viendo monumentos, plazas y fuentes característicos de esta bella ciudad. Solo había un problema: la cara de Juan. Decía que hacía mucho calor, que estaba agobiado y cansado de ver ruinas y fuentes… Así que nos fuimos de nuevo al hotel y tras ducharnos fuimos a cenar. Por supuesto, pizza.
Juan se estuvo quejando continuamente: de la mierda de servicio, de la tardanza en atendernos, de que las había probado mejores en España, de lo caras que eran…Total: que me cansé de sus quejas y le dije que si tan mal estaba que se largara al hotel. ¡Vaya decepción de amigo!
Cuando me quedé solo, decidí pasearme por la ciudad con la luz de las farolas, y fui  a dar a una calle donde había mucha gente congregada en terrazas. Me senté en una y pedí una cañita fresca. Me sentó de maravilla. No sé si sería mi cara de felicidad, pero el caso es que dos chicas se acercaron a mí y me preguntaron si era español.. Con esto empezamos a hablar y a hacernos señas y mimo para entendernos… ¡Fue genial!. Y quedé con ellas para el día siguiente.
A partir de aquí fueron mis mejores vacaciones. No solo conocí a dos italianas guapísimas, sino que una de ellas tenía un Ferrari rojo descapotable con el que estuve paseándome por toda Roma.
Juan se lo perdió todo. Estuvo con gastroenteritis los cinco días en la cama, él decía que por culpa de la pizza. Yo creo que ya venía amargado de España, porque a mí la pizza me sentó divinamente.

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